Lo vio de lejos. Se distinguía del resto por el gorro, aquel que ella le había regalado en su primer aniversario, tejido con sus propias manos, y que él había adoptado como parte de su cuerpo. Agradecía que aún lo usara, que lo llevara puesto más allá del frío o calor que hiciera. Gracias a identificarlo a tiempo eligió otro rumbo. Quería vivir tranquila y ya no permitiría que sus acciones ni sus palabras, cual armas, siguieran lastimándola.





